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Advertencia preliminar / Una temporada debajo del nenúfar.

Si se trata de establecer los alcances del contenido de esta obra, es probable que se encuentre alguna dificultad. Lo digo con resignación, ya que se trata de un pequeño universo de visiones acompañado por unas fotografías que pretenden dar contexto y cohesión al mismo.

Tengo la ilusión de que algunos pasajes del capítulo Sueño y Realidad del libro Sufismo y taoísmo* (Ibn ´Arabi, Laotzi y Zhuangzi) de Toshihiko Izutsu ayuden a ver detrás del velo.

Toshihiko Izutsu muestra al profeta Abraham como ejemplo de la dificultad que tiene el hombre para cultivar una habilidad que le permita ver las cosas de manera simbólica.

Veamos estos dos párrafos.

Abraham vio en sueños un carnero de sacrificio en la imagen de su hijo Isaac. En realidad, se trataba de un símbolo. El símbolo de la primera institución de un importante rito religioso, a saber, el de la inmolación de un animal en el altar. Y dado que el propio rito era, en el fondo, un símbolo del hombre que ofrece su alma en sacrificio, la visión de Abraham debía ser interpretada como forma fenoménica sensible de ese acontecimiento espiritual. Pero Abraham no lo “interpretó”, y estuvo a punto de sacrificar a su hijo.

Abraham era un profeta. Y un hombre que se encuentra en la altamente espiritual posición profética debe saber, en teoría, que un sueño verídico es símbolo de un acontecimiento perteneciente al plano de las realidades superiores. Sin embargo, Abraham olvidó “interpretar” su sueño. Siendo así los profetas ¿cabe acaso esperar que los hombres corrientes “interpreten” correctamente sus sueños y visiones? Es totalmente natural, pues, que un hombre corriente no pueda ver que un suceso acontecido en lo que llamamos “realidad” simbolice un suceso correspondiente en el plano superior de las imágenes.                                                                       

¿Qué debe hacer el hombre para que el velo material que oculta las cosas se alce y descubra las realidades ocultas?

Respecto a esta cuestión Toshihiko Izutsu nos dice que Ibn ´Arabi, en un pasaje de Fusus señala un método muy interesante. Se trata de un tipo de disciplina, de práctica para cultivar lo que llama la “visión espiritual”. Un método que posibilita la transformación interior del hombre.

Ibn ´Arabi explica que para transitar del “estado mundanal del ser” al “estado del ser alejado del mundo” como primera etapa necesaria, uno debe remontarse a un nivel de existencia más elemental. Abandonando cualquier actividad de la razón, dejando de ejercer la facultad del pensamiento, así se descubre la “animalidad” oculta en el fondo de cualquier ser humano. Se es en esa fase, un puro animal sin mezcla alguna de humanidad.

Un hombre así está librado del dominio de la Razón y se abandona a sus deseos naturales. Es un animal puro y simple.

En ese estado de animalidad sin mezcla, el hombre recibe cierto tipo de intuición mística, una especie particular de “revelación” (kasf).

Dicha revelación es de la misma clase que la que poseen naturalmente los animales salvajes. Experimentan esta clase de “revelación” porque por naturaleza, no ejercen la facultad de la Razón y, por consiguiente, no se ven estorbados por ella.

Hay dos síntomas que indican que un hombre ha alcanzado dicho grado de animalidad: el primero consiste en que experimenta realmente la “revelación” animal, el segundo en que es incapaz de hablar.

La explicación que da Ibn ´Arabi a estos dos síntomas, sobre todo al primero, es bastante sorprendente y extravagante, por lo menos para nuestro sentido común. Pero es difícil negar la inusitada carga de realidad que evoca en nuestras mentes. Llama la atención su realismo ya que se trata de una descripción de su propia experiencia personal como excepcional visionario.

El primer síntoma, dice, en un hombre que experimenta el kasf animal consiste en que “ve a quienes son castigados [por los ángeles] en las tumbas y a quiénes gozan de la felicidad celestial; ve vivos a los muertos”. Ante los ojos de ese hombre, aparecen extrañas escenas que nuestra “cabal y sana” Razón consideraría absoluta locura. Si semejante visión ha de ser considerada o no como experiencia “animal” es una cuestión sobre la cuál la mente ordinaria no está en situación de emitir juicio alguno.

Ibn ´Arabi habla aquí de su experiencia personal. Pero por lo menos, podemos ver sin dificultad que en la mente de un hombre que se haya liberado por completo de la dominación de la Razón natural, todas las insignificantes distinciones y diferenciaciones establecidas por ésta se desmoronan en absoluta confusión y las cosas y acontecimientos adquieren formas nuevas y enteramente diferentes.

Lo que Ibn ´Arabi quiere decir con todo ello es que todos los compartimentos aparentemente estancos en que la Razón humana divide la Realidad pierden su validez ontológica en esa experiencia animal.

El segundo síntoma consiste en que el hombre se vuelve mudo e incapaz de expresarse “incluso si lo desea e intenta describir con palabras lo que ve. Esa es una señal decisiva de que ha realizado su animalidad” [Ese hombre] se ha transformado en un intelecto puro, alejado de cualquier elemento material.

Presencia cosas que son las fuentes de lo que aparece en las formas naturales. Y llega a saber, por una suerte de conocimiento intuitivo, porque y como las cosas de la naturaleza son como son.

* Sufismo y taoísmo. Toshihiko Izutsu, Traducción al español: Anné-Hèléne Suárez Girard. Siruela. (2019)


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